Se
trata de las dos "llenas
de enero de 2018",
la del día primero y la del día treinta y uno.
Las
dos fotografías se tomaron con la misma cámara y usando un objetivo
con el mismo aumento, para no producir una diferencia fotográfica
de tamaño entre las dos imágenes.
Desde
luego si hay diferencias técnicas, debidas a las distintas condiciones de iluminación.
La
foto del día primero fue tomada con una luna levantándose por el
Oriente, poco después de su orto, luego de la puesta del Sol por el
occidente (17:27).
Mientras
que la del día 31 se tomó con la luna ocultándose por el
Occidente, poco antes de su ocaso, antes de la salida del Sol por el
oriente (05:59).
Ahora,
quiero aprovechar para que repase conmigo el motivo por el cual la
foto de ocultación de la Luna por el Oeste, tiene una orientación
casi totalmente invertida, con respecto a la foto de salida por el
Este.
Primero
un poquito de matemática. De acuerdo al período de revolución de la Luna alrededor de la Tierra (27,322
días), este satélite recorre unos 13 grados por día
(360°/27,322
d), esto es como unos 6 y medio grados durante las aproximadamente
doce horas (6 de la tarde a 6 de la mañana) en que la Luna viaja del
oriente al occidente del observador.
Esto es un ángulo pequeño
comparado con los 180 grados que la Tierra rota en esas mismas 12
horas.
Entonces,
el cambio de perspectiva en la posición de "mares" y cráteres en la
Luna se debe fundamentalmente a la rotación de usted como observador
que va montado en la Tierra.
Observe
en la media foto de la izquierda (cerca del orto), la “orejas del
conejo” están hacia arriba, mientras que a la derecha (cerca del
ocaso), están
hacia a abajo. Esto es la consecuencia de la rotación de la Tierra.
Puede hacer una simulación con su mano derecha extendida frente a sus ojos;
sus dedos son como las orejas del conejo y si le parece, su pulgar
extendido apunta hacia el Sur (¡de usted y de la Luna!), cerca de
donde está el cráter Tycho. Ahora si imagina
que mueve su cabeza hacia atrás (hacia su espalda), para mantener la
mano (la luna) siempre visible deberá también rotarla hacia atrás,
hasta que finalmente quedará con los dedos hacia abajo.
Debido
a su órbita, casi paralela a la terrestre, los rayos solares
iluminan muy bien la región ecuatorial de la Luna, como lo hacen con
la Tierra, pero no muy bien los polos. El fondo de algunos cráteres
profundo de la Luna, muy cercanos al polo sur, nunca reciben la luz
solar y posiblemente haya agua (¡hielo!) en el fondo.
¿Quiere leer en línea, mi segundo cuento de ciencia ficción, ambientado en un cráter casi en el polo sur de la Luna?
Entonces siga leyendo.
Luz
y tinieblas eternas
Hace
8 horas que descendí en la Luna,
junto con dos compañeros más, en el módulo Nicte,
uno de dos etapas lanzado desde la Tierra en un cohete similar al
Saturno
V.
Nicte es como el Módulo
Lunar Apolo
de los años setenta, solo que de mayor tamaño y tecnológicamente
más avanzado, en cuanto a la navegación espacial y al confort para
los astronautas.
Los tres creemos que, sin ningún problema,
podremos salir a explorar con nuestro “rover”
dentro de un perímetro de 5 km de radio alrededor del módulo.
También que los víveres, equipos, energía y elementos para las
exploraciones científicas nos permitirán permanecer aquí al menos
una semana, y que Nicte es capaz de regresar a la Tierra cuando así
lo decidamos. Todo nuestro viaje ha sido planeado y ejecutado de
manera cuidadosa, no tenemos nada que temer.
Día
1.
Anoto en la bitácora la fecha del “alunizaje”: lunes
8 de abril de 2024.
Las
coordenadas selenográficas del sitio son : 89° Sur, 75° Oeste.
Se
trata de un pequeñito valle a 3 kilómetros del borde del cráter
Shackleton
, entre éste y el cráter Shoemaker,
podríamos decir que casi estamos en el polo sur de la Luna.
Le
di el nombre de “Valle
Lise”,
en honor a la física Lise
Mitner,
miembro del equipo que descubrió la fusión nuclear, y que quizás
por ser mujer, no fue considerada para compartir el Premio Nobel de
1944. Bueno, prerrogativa de comandante, cuando regrese a la Tierra
someteré el nombre para que lo considere la Unión
Astronómica Internacional.
En
realidad estamos haciendo historia, pues nuestra misión está
diseñada para evaluar las condiciones y preparar todo lo necesario
para un primer alunizaje, dentro de 18 meses, en el interior
eternamente oscuro del cráter Shackleton. Dentro de dos días
subiremos hasta su cresta, bajaremos al fondo al siguiente día, y
concluiremos una exploración minuciosa en menos de una
semana.
Descendimos precisamente en la fecha exacta de la luna
nueva
y como lo esperábamos, según lo aprendido en las clases de
entrenamiento, la región está crepuscularmente iluminada, a pesar
de la fase lunar, que como sabemos, no permite ver este satélite
natural desde nuestro planeta. Sin embargo, desde el Valle Lise se
notan los bordes del vecino cráter, iluminados por una luz
mortecina, parecen los dientes cariados de un gigante al cual no se
le ve la boca, y así permanecerán siempre.
De pronto suena una
alarma en la Nicte, y un reloj digital se ilumina, marca las 16:39 UT
(Tiempo Universal Coordinado en la Tierra).
De momento no
reconocemos el motivo de la alarma, pero el equipo de sonido de
la Nicte nos lo recuerda: “Eclipse
total de Sol,
Saros 139; el cono de sombra viajará por el Océano Pacífico,
entrará al continente americano por Mazatlán en México,
seguirá hacia Texas y saldrá al Atlántico por New Brusnwick en
Canadá. Su máximo será a las 18:17 UT y concluirá a las 19:55
UT.”
Luego
de este mensaje, conversamos sobre lo afortunados que somos, al ser
los primeros tres terrícolas que estarán en posición para observar
lo que sería un eclipse total de Sol (según se verá desde la
Tierra), pero nosotros lo miraremos desde la Luna. Estaremos
justamente en el origen mismo del cono de sombra que dibujará una
franja de oscuridad sobre la superficie terrestre.
Paola,
la primera oficial, nos comenta que desde nuestra posición, en el
lado de la Luna que siempre enfrenta la Tierra, ésta se ve fija en
el cielo, pero rotando, por eso no veremos el final del eclipse, ya
que la rotación de nuestro planeta nos ocultará el Este de Estados
Unidos a las 19:02.
Sergei,
el especialista de misión es geólogo y nos dice que si fuéramos
habitantes nativos de la Luna (selenitas pero no lunáticos), seguro
diríamos que hoy tenemos “Tierra
llena”
y el eclipse que estamos observando, sería un “Eclipse
parcial de Tierra”.
En realidad, desde la Luna, todos estos eclipses son parciales,
ya que la sombra de la Luna, por su pequeño tamaño nunca alcanza a
cubrir totalmente a la Tierra.
Tampoco percibiremos el color rojizo
típico de los eclipses totales de Luna, puesto que este satélite no
tiene una atmósfera capaz de desviar hacia la Tierra, la componente
rojiza de la luz solar.
Sin embargo, nos indica, que un eclipse
de Sol, si pudiéramos observarlo desde aquí (en la Luna), serían
excepcional, por su duración, tamaño y nivel de oscuridad.
Esto porque la Tierra cubriría al Sol durante más minutos, que lo
que aquella hace, cuando los miramos desde la Tierra. Ocurrirían,
desde luego, en la fase de "Tierra
nueva".
Los tres comentamos cuánto nos gustaría regresar a la Luna para la
fecha de un eclipse solar.
Es
impresionante como vemos a la Tierra fija en un punto del cielo,
pero rotando (una curiosa rotación sin traslación) como si
nuestra bella "canica
azul"
la tuviera bailando en un dedo uno de esos jugadores de baloncesto,
pero a la vez, también mirar el fondo de estrellas girando más
lento, detrás de ella.
Día
2 (09/04/2014).
Es un día de descanso, estudio y
preparación.
Escribimos el informe sobre el eclipse.
Repasamos
algunos datos orbitales y físicos de la Luna, por ejemplo que su
órbita está inclinada 5,1 grados respecto a la eclíptica y que su
eje de rotación está inclinado 1,5 grados con el plano orbital. Por
esas dos condiciones los rayos solares son casi rasantes a la
superficie, en ambos polos y ese es el motivo por el cual las crestas
de los cráteres cercanos han permanecido algo iluminadas.
Sin
embargo, sabemos que el fondo de esos cráteres polares, está
completamente oculto por la oscuridad más negra, no importa la fase
lunar. Eso lo comprobaremos a partir de mañana.
A esa eterna
oscuridad colabora la tenue -casi ausente- atmósfera lunar, quizás
lo más cercano a lo que conocemos como vacío. Esta carencia de
atmósfera atenúa la luz difusa, que entonces es solamente causada
por la reflexión del oscuro suelo. Así, los cuerpos que reciben los
rayos solares directamente están plenamente iluminados, mientras que
los que no los reciben, como el fondo del cráter Shackleton, están
en total oscuridad.
Esto
último no lo experimentamos en la Tierra, puesto que la atmósfera
terrestre difunde la luz del Sol, y permite que veamos un poco de
nuestro alrededor, aún si estamos dentro de una habitación cerrada
que tenga al menos una pequeña ventana.
Día
3 (10/04/2024).
Paola
y Sergei,
vestidos con sus trajes de astronauta, están descargando de la Nicte
el equipo necesario, incluyendo el “rover”,
que les permitirá acercarse a una pared baja del cráter, subir al
borde y realizar la primera exploración de su circunferencia; pan
comido.
Yo me quedaré, en pantaloneta, dentro del
módulo, para supervisar y mantener comunicación constante con los
dos exploradores. Al día siguiente, Paola y yo subiremos al borde,
descenderemos al fondo y seguiremos con la rutina de reconocimiento,
toma de datos y recolección de muestras.
El
Shackleton es un cráter de impacto circular, de 21 km de diámetro,
la profundidad se estima en 4,2 km. Se supone que su fondo no es
plano, que hay algunos montículos de varios tamaños, el central es
de unos 200 m de altura. La temperatura en el fondo puede llegar a 90
kelvin y se cree que podría haber hielo de agua diseminado en
algunos depósitos, o mezclado con el suelo, pero no se tiene
certeza. Este hielo posiblemente proviene del núcleo del cometa que
originó el cráter hace unos 3600 millones de años.
De lo que
sí estamos seguros, es que allí nos toparemos con algo parecido a
la más negra noche de luna nueva, en el lugar más remoto de la
Tierra que usted pueda imaginar.
Para guiar nuestros pasos
usaremos las “lámparas
led”
de nuestros cascos de astronauta, que solo nos señalarán el paisaje
en la dirección de sus estrechos conos de luz.
Día
4 (11/04/2024).
Veo a Sergei y Paola conducir el “rover”, alejarse y subir
un poco la pendiente del cráter, hasta un punto donde su
inclinación llega a 35°. Lo estacionan de manera segura y
comprueban que el mecanismo de control remoto esté activo, por si yo
lo necesito.
El borde del cráter está 50 m más alto que el
nivel promedio del Valle Lise, por lo que solo les falta subir 32 m.
Usarán en esta etapa sus unidades de maniobra tripulada personales
de última generación (“jetpacks”),
que permiten ascender o descender en el débil campo gravitatorio de
la Luna (un sexto del valor terrestre), pero solo durante tres
minutos, cada vez, antes de recargarlos.
A las 08:00 (hora de la
Nicte), me informan que llegaron arriba, se quitan los jetpacks y
comienzan a explorar el perímetro del borde del cráter.
Se
dan cuenta que les tomó mucho menos tiempo que el esperado y
entonces, toman una arriesgada decisión personal que no está en el
protocolo.
Como están en el borde, descansados, con luz crepuscular,
con suficiente oxígeno y energía, deciden que bajarán unos
quinientos metros hacia el fondo del Shackleton, pero no me lo harán
saber.
Estiman que pueden subir y bajar, nada más, en una hora
y que yo no lo notaré hasta que concluyan, supuestamente con éxito,
y en vez de una reprimenda para dos, tendremos una celebración entre
tres.
El
descenso y ascenso al interior del cráter se planeó, desde hace
meses. Se
hará
a la manera tradicional de los alpinistas en la Tierra, con pies,
manos y cuerdas, pero requiere al menos cinco horas. Paola y Sergei
se saben el procedimiento de memoria, pero...
Decidido
el cambio de planes, los dos astronautas usan su equipo de alpinismo
para asegurar dos cuerdas en sendas rocas del borde del cráter,
que parecen sólidas y firmes y comienzan a bajar, son las 09:00
tiempo de la Nicte.
Las cuerdas son en realidad delgadas fibras
de carbono
de resistencia y elasticidad excepcional, tienen una longitud de 600
m, sujetas a un arnés en la espalda, como las correas para perros y
están arrolladas a un anillo en la cintura de cada traje espacial.
Casi no se notan, pero pueden soltarse y enrollarse a voluntad con tres comandos de voz, transmitidos por bluetooth
a un pequeño motor incorporado en el traje de astronauta. Ellos sólo
tienen que decir los nombres de tres notas
musicales
(como se pronuncian en español, francés, italiano, portugués, o
rumano), de la siguiente manera: “do”
de 261,6 hertzios para subir, “si”
de 493,8 hertzios para bajar y “fa”
de 349,2 hertzios para detenerse.
Inician
el descenso, cada vez está más oscuro, a las 09:15 llega el momento
de usar las linternas, la altimetría señala que han descendido 500
m.
Todo ha resultado simple, las paredes son lisas, firmes, sin
arena suelta y la pendiente promedio de unos 60 grados ha permitido
un descenso relativamente fácil y rápido.
Aquí toman un
descanso sobre una pequeña saliente y aprovechan para darme un
informe, fingiendo que aún exploran el borde, yo lo escucho y guardo
en la grabadora de la Nicte.
Sin embargo, la telemetría
recibida, me indica que no están
sobre el cráter, pero yo cometo el error de pasar por alto esa
diferencia, suponiendo que es causada por una falla de calibración.
De
pronto sucede algo inesperado por los dos astronautas y de lo cual no
me enteraré hasta dentro de unas horas.
La saliente rocosa se
quiebra, Sergei pierde el equilibrio, sufre un severo golpe en su
casco, que repercute en su cabeza y pierde el conocimiento. Cae por
la pendiente del cráter y desciende unos 50 m, hasta que el
mecanismo que controla su cuerda se activa automáticamente y frena
la caída intempestiva y bruscamente.
El esfuerzo mecánico del
impacto hace que la cuerda de Sergei sobrepase
ampliamente
su límite elástico, se fractura y revienta. Ya sin ningún control,
el
astronauta
reanuda su caída inexorable, dando tumbos hacia abajo, con golpes y
ruidos que nadie puede ver ni escuchar, posiblemente dejó de existir
mucho antes de llegar al fondo del cráter.
Paola
imagina la escena aterrorizada, pero en realidad no puede ver nada,
no puede escuchar nada, solo puede suponer un fatal desenlace. La
emoción y la angustia alteran fuertemente los latidos de su corazón,
respira con dificultad, tiene un exceso de saliva en su garganta,
siente que se ahoga, quieres quitarse el casco, pero si lo hace,
entonces si se ahogará.
Pensando en su compañero y algo
confundida trata de activar varias veces el comando de parada; grita
“fa- fa- fa”, pero no obtiene ninguna respuesta, ella está
en reposo y su registro sonoro no aplica al equipo de Sergei.
Desesperada quiere echar mano a su jetpack, pero se ha
quedado arriba, trata de comunicarse por radio, pero las paredes del
Shackleton no permiten una transmisión clara hacia la Nicte.
Su
única opción es escalar la pared interior ayudada por el cordón
umbilical de su cuerda, una vez allí comunicarme lo que sucedió y
esperar un rescate. Difícilmente lo logra en tres horas.
A
las 10:45 recibo la noticia del accidente, ya suponía yo que algo no
estaba bien.
Paola esta exhausta, solo transmitió un mensaje
escueto, está a punto de desmayarse, solo quiere descansar, ni
siquiera se atreve a usar su jetpack, para descender hasta donde está
el rover, tiene miedo y el miedo paraliza el músculo y la mente. Por
suerte todas las comunicaciones verbales y otros datos se
almacenan en la grabadora del rover y de la Nicte y yo sé donde
está.
También sé qué debo hacer.
Son
las 10:50, el mecanismo de control remoto del rover está funcionando
y lo hago regresar de manera eficiente, retornando sin problemas
sobre sus propios pasos porque todo su recorrido había quedado
gravado en la memoria USB de su computadora.
Llega a las 11: 35, lo
he estado esperando con todo lo necesario para el rescate, lo abordo
y me dirijo hacia su anterior parada.
En todo este tiempo no he
recibido ningún otro mensaje de Paola y en cuanto a Sergei supongo
que está totalmente inhabilitado.
Llego
al sitio donde iniciaron el ascenso, me coloco el jetpack y 25
segundos después estoy arriba, junto a Paola, con un equipo de
primeros auxilios, incluyendo un tanque de oxígeno adicional. Está
semi-inconsciente, el traje está intacto pero respira con
dificultad, parece algo deshidratada y débil. Con esfuerzo, entre
los dos logramos colocarnos los “jetpacks” y descendemos hacia el
rover.
Parece
haber un entendimiento tácito entre nosotros; por ahora no podemos
hacer nada por Sergei, está desaparecido, quizás ya sin vida
por los golpes recibidos, o porque su dotación de oxígeno está a
punto de agotarse. Posiblemente esté en algún punto en la pendiente
interna del cráter, o en el fondo de éste.
Concentrados en
regresar pronto a la base, Paola y yo dejamos todo el equipo
innecesario y rápidamente nos dirigimos hacia la Nicte.
El
reloj marca las 13:01 cuando entramos a la seguridad del módulo
lunar. Nos liberamos de los trajes de astronauta y yo termino de
auxiliar médicamente a mi primer oficial, parece que está
recuperándose satisfactoriamente. Ambos estamos muy cansados y
pronto caemos en un estado de somnolencia que nos hace dormir varias
horas.
Día
5 (12/04/2014).
Son las 03:24, Paola y yo estamos
despiertos y parcialmente recuperados. Afuera de la Nicte, si se mira
hacia arriba, se nota la eterna claridad de los bordes del
Shackleton, dentro de él y en completa oscuridad, hay todo un dilema
para nosotros: ¿Cómo encontraremos a Sergei?
Decidimos
completar la misión y al mismo tiempo buscar a nuestro
geólogo.
Usamos el rover, los jetpacks y las cuerdas para
trasladarnos rápidamente a lo que quedó de la saliente rocosa en el
interior del cráter, donde ocurrió el accidente.
Continuamos
el descenso en la supuesta dirección de la caída de Sergei,
ayudados por los jetpacks y las cuerdas, alumbrando a veces el camino
con las lámparas.
Una hora después llegamos al fondo y allí
encontramos un inconfundible signo del final de la trayectoria de
caída de nuestro compañero.
El maltrecho guante de su mano
izquierda con su dedo índice, parcialmente atrapado en un pequeño
bloque de agua congelada. Posiblemente algo de hielo del fondo se
fundió por la energía del impacto y se recongeló casi
inmediatamente, debido a la baja presión.
Junto al guante, se
mira una irregular huella de arrastre de unos tres metros de largo,
donde se aprecian cristales de hielo recientemente removidos,
mezclados con regolito
lunar fino y pequeñas rocas, pero que curiosamente termina
abruptamente.
Se puede apreciar inequívocamente, que más allá
de la huella y en todas direcciones el fondo del cráter no ha sido
alterado.
Paola
y yo nos juntamos, teniendo cuidado de caminar solo sobre nuestras
propias pisadas, usamos las lámparas a máxima potencia e iluminamos
la escena en todas direcciones.
Nada…, todo parece estar
inalterado diez metros a la redonda. Sólo se aprecia el típico
suelo de un cráter lunar, pero no está Sergei, ni ninguna otra
pieza de su traje, o equipo, no hay ninguna pista de su posible
destino. Para nosotros ha desaparecido misteriosamente. ¿Qué
hacemos, me dice Paola?
Vemos los manómetros y nos damos
cuenta que hay justamente el oxígeno necesario para un regreso
rápido, esto si nos elevamos con los jetpacks, que esperamos tengan
la potencia para hacerlo.
Rápidamente apilamos unas rocas, que
casi no podemos ver, colocamos encima el guante de Sergei y el
transmisor encendido del radiofaro de Paola, cuyos “bip-bip-bip”
comenzamos a escuchar.
Dos horas más tarde ya estamos de
regreso en la Nicte. Allí decidimos que no habrá día 6, viajaremos
a la Tierra inmediatamente.
Luego
de obtener la autorización del Centro Espacial y de insertar en la
computadora los parámetros de la trayectoria de regreso, nos
elevamos sobrevolando el cráter.
Por la radio de la Nicte
seguimos escuchando los cada vez más débiles “bip-bip-bip…”
del radiofaro.
¿También los podrá percibir Sergei, donde sea
que esté?
¿En algún rincón de la fría, eterna y oscura
profundidad del Shackleton, o en otro sitio? Nunca lo sabremos.
Ahora nosotros desde aquí arriba, solo nos queda saludar y
despedirnos del amigo y compañero cosmonauta, con una mezcla de
tristeza, respeto y alegría. Vamos de regreso a la Tierra, con una
accidentada misión, casi cumplida.
"Luz y Tinieblas eternas" es uno de los 5 cuentos del libro "La Tinaja de Guaitil y otros cuentos", de los autores Marie Lissette Alvarado y José Alberto Villalobos.
EDiNexo, 2015. ISBN: 978-9968-557-73-3
Aquí hay otro cuento (https://astronomia10norte.blogspot.com/2018/02/jueves-18-de-febrero-1930-se-descubre.html).